Una noche de sábado, de esas en las que tres cervezas y cuatro amigos te gritan por los cuatro costados que es hora de salir de fiesta, fuimos a un conocido, aunque desconocido para mi, bar de ambiente para chicas. Te encantará… -me dijo mi buen amigo. La noche prometía: una bollera y cuatro gays solteros, borrachos y dispuestos a dar el premio gordo al primero o primera que se acercara. Era una noche de celebracion y estábamos dispuestos a cerrarla con broche de oro.
Fui la primera en entrar seguida de mis cuatro buenos amigos y la situación era bastante extraña… de repente todo ser viviente que bailoteaba en aquel lugar dejó de beber, bailar y cantar para fijar su atención en nosotros. Durante un momento me sentí como una chica playboy en un pub de rockeros… y es que habíamos olvidado que no pertenecíamos a ninguno de aquellos “bolli-ghettos” que no tenían intención de hacernos un hueco en aquel lugar. Gorras, piercings y pantalones caídos a la izquierda; crestas a la derecha y algún que otro personaje andrógeno al frente formaban algunos de los bolligroupies del lugar. Mira estos que vienen de hetero… fue el comentario que hizo que explotásemos, y salimos de alli dispuestos a quemar la cerveza en cualquier otro lugar…
…
ostras, da nombres…
pa no ir, vamos…
pantalones caídos?
crestas?
pero a ti a dónde te han llevado?
cuanto gilipolla suelta… que creeen que tienen la exclusividad del mundo bolleril.